Nota preliminar

No es ésta la primera vez que se traduce la novela de Victor Hugo, pero sí es la primera —puesto que todas las demás traducciones se llevaron a cabo hace ya bastantes años (algunas hace bastante más de un siglo)— que se ha podido traducir investigando en fondos bibliotecarios que la digitalización de los libros y el acceso a esos formatos digitalizados a través de Internet ponen a disposición del traductor.

El enciclopedismo de Victor Hugo, sus incursiones, en el transcurso de sus novelas, en todo tipo de temas: lingüísticos, históricos, arquitectónicos, sociales, agrícolas (por no mencionar sino unos cuantos), se plasman en el uso riquísimo de términos especializados y algunos de ellos regionales y de uso infrecuente ya en su época en determinados casos. No es menor su uso de dichos, frases hechas, refranes y expresiones de jerga también locales en buen número de ocasiones. Abundan también las alusiones a acontecimientos contemporáneos de algunos de los cuales no puede hallarse rastro y razón sino en prensa de la época. Acometer, pues, la traducción de Los miserables exige no sólo un conocimiento muy en profundidad de la lengua francesa y, muy especialmente, de la lengua francesa del siglo XIX, sino también de los hábitos de la época y de la historia de la vida cotidiana en Francia en esos años. Y exige en no menor grado la posibilidad de indagar a fondo en los campos ya citados: jergas, agricultura, arquitectura, arte de la guerra, etc. Esta posibilidad se ha vuelto prácticamente ilimitada para quien traduce en la actualidad. La digitalización de las obras de dominio público mediante la cual las bibliotecas del mundo ponen a disposición del traductor, de forma inmediata, ediciones originales, diccionarios de épocas pasadas, libros de crítica y estudios literarios y también colecciones de prensa, proporciona unas fuentes de información e indagación inconcebibles hasta hace poco y que, desde luego, tienen algo de milagroso. Es laboriosa, por más que apasionante, pero no imposible ya, la investigación minuciosa que requiere toda traducción, pero quizá en especial novelas como las de Hugo, el gigante prácticamente omnisciente en cuyas páginas suenan todos los registros de un órgano de titanes. A esa investigación hemos dedicado buena parte de los largos meses —que han llegado a sumar años— que ha durado la presente traducción de Los miserables.

Creemos, pues, que en lo referido a la terminología y el rigor del vocabulario y al rastreo de los objetos, costumbres y sucesos de la vida cotidiana, la presente traducción es la primera totalmente íntegra y fidedigna que se pone a disposición del lector en lengua castellana.

Debemos mencionar ahora un asunto de tanta importancia, si no mayor, que los anteriormente expuestos. Nos referimos a la censura que padeció a finales del siglo XIX la traducción más publicada y vuelta a publicar de Los miserables y que esas sucesivas publicaciones, que han llegado hasta el siglo XXI, no han subsanado, que nosotros sepamos, con ningún tipo de nota, prólogo, epílogo o comentario. No entraremos a mencionar los diversos cortes que padeció (y sigue padeciendo en sus reediciones) esa versión castellana de la obra en las ocasiones en que al censor le pareció que en algo faltaba el autor a la religión católica. Porque hay algo más grave, que no es corte o censura sino, lisa y llanamente, supresión de algunos episodios que se sustituyeron por otros de índole totalmente opuesta que modificaban en profundidad tanto la personalidad de los personajes cuanto las intenciones del novelista.

Citemos, a título de ejemplo, la transformación del episodio de la muerte del convencional, en la primera parte de la obra, en que el obispo, monseñor Bienvenu, abrumado y contrito ante el alegato del moribundo sobre las injusticias y tropelías de la Iglesia y de la monarquía de derecho divino y la necesidad de la Revolución francesa, se arrodilla ante el revolucionario para pedirle su bendición, episodio que los lectores españoles llevan más de cien años leyendo convertido en todo lo contrario: el arrepentido es el convencional y el que le imparte su bendición y su perdón es el obispo. En un mismo orden de cosas, ya al final de la novela, Jean Valjean, que ha rechazado, en el umbral de la muerte, el ofrecimiento de la portera de ir a buscar un sacerdote, muere, en castellano, con un sacerdote a su cabecera, que la portera sí ha ido a buscar, como está mandado, en la versión española a la que nos estamos refiriendo.

No tienen estas líneas intención alguna de realizar una recensión de las anteriores traducciones de Los miserables y, menos aún, de poner en entredicho ninguna de ellas ni la ingente labor de sus autores. Pero sí podemos afirmar que, por haberse realizado la presente versión en mejores, por no decir óptimas, condiciones para la investigación y con una libertad que no existió en algunas épocas del pasado, es realmente una traducción que endereza unos cuantos entuertos y aporta algo nuevo que permitirá al lector en castellano una lectura más fiel y completa de la obra de Victor Hugo.

MARÍA TERESA GALLEGO URRUTIA

En Madrid, a 25 de junio de 2013